Un LIBRO como AMULETO.

UN INCENDIO CONTROLADO - Leé las primeras páginas

John es Dios


Tenía miedo. Había llegado a Buenos Aires dos meses atrás. Comencé a cursar el ciclo de ingreso en una de las universi- dades más importantes del país por pura suerte, como sucede casi todo en la vida de la mayoría de las personas. Me aterra- ban mis compañeros y mucho más mis compañeras. Venían de colegios prestigiosos, hablaban bien y con una confianza que yo no dominaría nunca. Ellas además me gustaban como nos gusta eso que nos queda lejos. Estudiábamos Ciencias Sociales. Llevábamos ocho clases desde el comienzo de la cursada. Todavía no había tenido nada que decir, nada para opinar, y si estuve cerca de tener algo, el miedo me había fre- nado antes de poder siquiera levantar la mano.

Matías y Clara eran mis opuestos. Habíamos coincidido en las ocho clases hasta ese momento. En cada una de ellas los dos participaron de manera inteligente, con comentarios atinados. En algunos casos recibieron la aprobación genera- lizada; en otros, se trenzaron en discusiones con el resto del curso o incluso con el docente, pero todas las veces generaron en mí la envidia de no poder hablar así. Matías y Clara pare- cían de la misma especie, aunque hasta esas primeras clases no se conocían. Habían nacido en la misma ciudad, habían ido a colegios similares, pero no se conocían. Igualmente, podía verse que se caían simpáticos, como si fueran parientes o personas con un pasado común. Cada vez que uno de los dos acotaba algo, el otro lo miraba como diciendo: Claro, es exactamente así. En los pasillos se saludaban y seguían la char- la alrededor de la temática que estuviéramos viendo en clase. Armaban rondas de las cuales ellos eran los centros gravita- torios, algunos otros eran satélites y la mayoría éramos partí- culas más bien innecesarias sin las cuales ese sistema hubiera funcionado igual. Pero ese octavo día Clara me vio desde lejos prendiendo un cigarrillo y se acercó a pedirme uno.

—¿Cómo te llamás? —me preguntó con cierta dulzura. —Me llamo Felipe —contesté.

—¡Philippe! —me dijo sorprendida sin que yo entendiera

por qué.

Después de una conversación brevísima, mientras se alejaba, me hizo señas para que me uniera a la charla. Me uní, pero no participé. Ese fue el rito inicial mediante el que comencé a formar parte del grupo que Clara y Matías encabezaban con su belleza que incomodaba y su inteligencia que no po- día parar de admirar. Me fui haciendo lugar a un costado, sin decir demasiado, administrando las palabras como para ser parte sin protagonizar absolutamente nada. De a poco empecé a perder el miedo y a encontrar ideas dentro de algún lugar de mi cabeza; recordaba, repetía, inventaba hasta dar- me cuenta de que podía aportar algunas cosas. Cada tan- to Clara decía porque, como dijo recién Philippe, y a mí se me inflaba el pecho de la emoción, aunque no supiera bien a qué se refería. Matías me trataba bien, como a un niño que llega a un cumpleaños en el que no conoce a nadie. Me invitaba a hacer cosas. Bares, fútbol, recitales. Un día hubo un asado en su casa. Íbamos a estar casi todos. Sentía que mi vida iba arrancando.

Entre los invitados al asado estaba Diego, que era de la misma especie que Matías y Clara, pero moderado. Supe des- de las primeras clases que Matías veía en Diego a un adver- sario. Era tan lindo como él, pero sobre todo sabía generar el misterio de los que se guardan las opiniones hasta último momento, algo así como un as de espadas esperando para ganar en la última mano. Y eso, según mi forma de verlo, le daba cierta ventaja sobre Matías. Se empezaba a notar la com- petencia. El campo de batalla eran las discusiones en las que, si Matías decía A, Diego se las ingeniaba para deslizar muy sutilmente la letra B.

Matías hizo el asado y nos llamó a comer. Nos sentamos en una mesa larga que ocupaba el centro de la terraza. Eran las primeras noches del otoño, con ese viento que parecía empujar al verano para que se fuera a otra parte.


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